





En un edificio de 1928, las molduras protegidas exigieron creatividad: sensores camuflados en rosetones, luminarias regulables detrás de cornisas y climatización por suelo que respetó los parqués. La familia cuenta que los invitados notan calma, no gadgets. El mantenimiento se organiza trimestralmente, sin cables a la vista ni intrusiones innecesarias.
La brisa salina pidió materiales resistentes y sellados cuidadosos. Los equipos viven en un cuarto técnico presurizado; la automatización regula persianas y ventilación según viento y humedad. La dueña relata cómo despierta con luz suave que coordina mareas y horarios, mientras la casa protege sin exhibirse, incluso en temporales exigentes.
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